Libros agosteños

En este agosto que mañana acaba y a pesar de algún viaje por medio -o quizá gracias a ello- he podido leer estos libros, sobre los que me apetece hacer algún comentario, especialmente al hilo de dos cuestiones no pacificas y en las que puedo salir, si no trasquilado, un poco embarrado al no seguir la linea recta, correcta, imperturbable, impasible el ademán, que señalan los intelectuales oficiales es decir, los que sin rubor se califican a sí mismos como intelectuales, los que están en el cogollo vamos, los que viven en el Olimpo.

Los libros, por orden de lectura, son:

  • Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492 – 1830), de John H. Elliott.
  • La tinta simpática, de Andrés Trapiello.
  • Misión de guerra en España, de Carlton J. H. Hayes.
  • Mundo es, de Andrés Trapiello (vol. 21 de la serie Salón pasos perdidos).
  • Roosevelt y Franco. De la guerra civil española a Pearl Harbor, de Joan María Thomàs.

Imperios del mundo atlántico fue un regalo del amigo Manuel empeñado como sigue en que tratemos el tema del papel de Castilla, España, en la conquista de Amé­rica en el que ponemos especial énfasis en la cristianización y el otorgamiento de la «castellanidad» a aquellos pueblos.

Recordando Imperiofobia y leyenda negra de Elvira Roca -que me pareció extraordinario y lúcido- he releído la entrevista en eldiario.es a José Luis Villacañas donde, desde su púlpito, nos indica al pueblo llano lo que debemos pensar y lo que no, lo que es la verdad y lo que no y quien es catedrático y quien profesora de secunda­ria. Está claro que son los demás los que no tienen idea.

Veo a la vez una entrevista a Federico Soriguera -que, ¡oh calamidad! tampoco es catedrático de historia- en la que después de leer Imperiofilia y populismo nacional católico recoge los 46 insultos o menosprecios (s. e. u o.) que dedica a la profesora de secundaria. Un buen método de cátedra universitaria, sin duda. Parece que hay un apriorismo político en la Sra. Roca Barea pero no en el Sr Villacañas.

Muy recomendable me parece que es -a salvo de lo que desacrediten los que de esto saben- la entrevista a Marcelo Gullon (argentino por más señas) que de­clara: España no conquistó América; España li­beró América.

El libro de Elliott es extraordinario y, después de 583 páginas casi basta con leer el epílogo donde desgrana una serie de conclusiones -a mi juicio acertadísimas- sobre la actuación de los españoles en la conquista de América. Y valga una por todas: «En muchos sentidos, tal acusación -la herencia española- no es mas que la perpetuación en la era poscolo­nial del gran mito de la «leyenda negra>>, cuyos orígenes se remontan a los primeros años de la conquista y colonización de ultramar». Y que contribuyeron decisivamente a su propagación los bien amados protestantes del Sr. Villacañas, parece fuera de duda.

Por cierto, el pasado 23/24 de Agosto hizo 449 de la matanza/masacre de San Bartolomé en París (alrededor de tres mil -sí 3.000- asesinados en una noche) y en toda Francia ( entre 10 y 20.000 asesinados mas). Bastantes más que la Inquisición española -que creo que nació en Francia- en toda su historia en el mejor de los casos, y algo menos, en el peor. Y no contemos las hogueras de Inglaterra, Francia, Alemania o los Países Bajos. Para eso no hay leyenda negra y no faltará un Daniel Bensaid cualquiera que cuestione estas u otras cifras a su antojo al igual que con las de víctimas del comunismo.

La tinta simpática es la primera novela de Andrés Trapiello. Una novela sin más aunque ya con el sello de su particular ma­nera de escribir.

Estábamos pasando unos días en la Seu d’Urgell y paseando por el Carrer dels Canonges nos tropezamos en la puerta de una chamarilería (aquí y en la Cerdaña les llaman brocanter -del francés brocanteur- que parece más fino) una colección de libros sobre unos caballetes con tablas. El que me llamó la aten­ción y compré fue Misión de guerra en Espa­ña de Carlton J. H. Hayes catedrático de historia y embajador de EE.UU. en España de mayo de 1942 a enero de 1945. Es un relato prácticamente biográfico y «en caliente» pues la edición es de 1946. Se ve que estima a España y a los españo­les, que intentó mejorar las relaciones en el terreno político y, sobre todo en el económico y que tuvo que capear el temporal, los primeros tiempos, con Serrano Suñer. Era ferviente católico y firmó en su día un escrito de apoyo a Franco. Ni una cosa ni la otra le hace, a mi juicio, perder el verdadero sentido de su misión en favor de su país pero de España también siguiendo las directrices no siempre claras ni homogéneas de Roosevelt y menos del Departamento de Estado y el del Tesoro. Enten­dió perfectamente el sentido de la declaración tercera de la Carta del Atlántico y, tan persuadido estaba de ello, que no deja de atribuirse el éxito de su misión, por lo que fue criticado en su momento. Un buen documento.

De Mundo es, reproduciré la nota telegráfica que incorporé al final del libro: «Como los demás me ha gustado. Tiene mala uva, es cáustico y borde, más de lo que quiere aparentar, pero también es tierno y melancólico. Mantiene la gracia ha­bitual». Solo añadiré que sigo en el empeño…

Al leer Misión de guerra en España recordé que había comprado hacia tres o cuatro años un libro de esos que por la afición a los temas de la Guerra Civil, al verlo en una batea de los saldados en la librería habitual, te lo llevas: Roosevelt y Franco. Al volver a Valencia lo busqué y es el últi­mo leído en agosto. Es el estudio de los tres años anteriores al de Misión de guerra en España y con otro embajador: Mr. Weddell (13-abril-1939; 28-marzo-1942) .

Aquí el relato documentadísimo ya no es del actor principal sino del estudioso, 65 años después. Se sigue percibiendo en el embajador -este no católico, ni catedrático, ni historiador, sim­plemente diplomático de carrera- un gran afecto por España y los españoles y un gran interés por mejorar las condiciones de vida y las relaciones de España con su país. Tuvo enormes dificultades con Serrano Suñer -menos con Jordana y Beigbeder- pero también con la errática y poco definida política del gobierno Roosevelt (casi siempre a remolque de lo que informara Sir Samuel Hoare y decidiera Churchill) y sobre todo, de las discrepancias entre distin­tos departamentos de aquel.

Un trabajo muy útil al que le falta algo de flexibilidad, por no decir un poco de cariño, por tu propio país y considerar que más allá de la calificación que mereciera el régi­men, es posible que algo, alguna cosa, poco, un detalle, se hiciera bien en la relación con EE.UU. No, es mejor y se aligera uno más si lleva el espíritu crítico hasta el extremo en el que, incluso, priman las opiniones o el otorgamiento de cartas de verdad o no por quien lo escribe, con la perspectiva de esos 65 años.

Como hemos dicho en alguna ocasión y también recoge Elliott en su epílogo, no parece muy «moral» juzgar las cosas del pasado con los ojos y prismas de hoy.

El Perellonet, 31 de Agosto, San Ramón.

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